viernes, 10 de julio de 2015

Vuelvo a ti, mi querido filósofo muerto.

Vuelvo a ti, mi querido filósofo muerto...de donde nunca me he ido. Marco Aurelio. 

No recuerdo como tropecé con tus meditaciones por primera vez. Creo que fue en la biblioteca de mi ciudad, una de esas tardes en donde no tenía a donde ir; pero sí de donde alejarme. 

Y casi me se tu libro de memoria. Te convertiste en mi héroe moral, si es que tal cosa existe. 

¿Puede una adolescente de trece años hallar consuelo en las palabras de un anciano moribundo de hace mas de 3000 años? Pues sí, sí que puede, supongo. Si la adolescente era yo. 

Mira que he tenido años desde entonces. Y aún así, no lo he aprendido todavía.

"En los ejercicios del gimnasio, alguien nos ha desgarrado con sus uñas y nos ha herido con un cabezazo. Sin embargo, ni lo ponemos de manifiesto, ni nos disgustamos, ni sospechamos más tarde de él como conspirador. Pero sí ciertamente nos ponemos en guardia, mas no como si se tratara de un enemigo ni con recelo, sino esquivándole benévolamente. Algo parecido ocurre en las demás coyunturas de la vida. Dejemos de lado muchos recelos mutuos de los que nos ejercitamos como en el gimnasio. Porque es posible, como decía, evitarlos sin mostrar recelo ni aversión."


Recuerdalo, bonita. Que te me habías despistado:

La vida, la vida cerca de otros, no es más que un Gimnasio. 

Al menos la mía. 

Trata de evitar los golpes. Si puedes.