miércoles, 14 de mayo de 2014

"Cómeme", ponía la galleta.






Tengo un amigo que opina que no hay categorías entre las personas; que éstas no son mejores o peores sino diferentes. Yo no estoy muy de acuerdo, debe ser que no soy tan buena persona como él. 

A mí sí que me parece que hay "categorías". El criterio principal para categorizarlas es la voluntad de  hacer daño, particularmente a quien no puede defenderse. Si además le añadimos la ausencia de beneficio  más allá de la contemplación del sufrimiento ajeno, entonces yo diría que  me encuentro ante una persona "mala", a falta de otro calificativo más específico. Y una persona "mala" es peor que una "buena". 

Y ya sin tanto melodrama, yo misma considero que soy mejor persona ahora que hace unos seis años. Y además he tenido ocasión de comprobarlo este fin de semana.

He vuelto a mi ciudad natal, y me he hecho un tour por mi pasado; así de gratis en plan máquina del tiempo casera.  

La ciudad se me hacía pequeñita, y no, no me perdía para llegar a ninguna esquina. Pero llegaba en veinte minutos como mucho y entonces se acababa la calle. Y en la peluquería me sacaron la ficha de mi hermana por los apellidos, conseguí in extremis que no me aplicaran su tratamiento. Y en la óptica me salía un descuento por otro miembro de mi familia (Cómo sabían que eran familia mía?) Y los productos de las tiendas tenían todos nombres y usos reconocibles. Podía leer todas las listas de ingredientes en mi idioma. 

Y la gente era toda igual por las calles, no había asiáticos, ni africanos, ni sudamericanos apenas, ni nada que entorpeciera la hegemonía genética del norte. Ni prendas imposibles, ni estampados de países exóticos. Y  todas las conversaciones se producían en un sólo idioma con un único acento. Y tampoco había niños ni adolescentes apenas, en más de un triste momento me encontré a mí misma constatando que era la persona más joven a la vista. En mi ciudad ya no hay niños. 

Pero lo más impactante fue pasearme por mi mente pasada. Me explico; por experiencia he comprobado que uno suele rodearse de personas que reflejan su manera de pensar, con los que se siente cómodo. Si bien cada persona no refleja todos los matices, el conjunto suele esbozar una imagen indiciaria.

Yo me reuní con varias personas a las que hacía años que no veía, ni con las que mantenía una conversación.  Alguna era mala, otras pequeñitas y el tercer grupo, sorprendentemente, no había cambiado. 

Las personas malas y pequeñitas, me alegraron el día. Ya no hay personas así en mi vida, ya no las admito. Las personas que no han cambiado en todos estos años, me desconcertaron. No sé qué pensar. 

Y tampoco tengo mucho de qué regocijarme conmigo misma, la única diferencia entre ellas y yo, es que yo tenía más miedo. Por eso me comí la galleta, por eso crecí. Por eso soy más fuerte, mas grande y un poquito (sólo un poquito) menos ignorante. 


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