miércoles, 29 de mayo de 2013

A las penas, puñalás....








Que le dicen las folclóricas. Hay días en los que a mí también me gustaría ser una. Dar un portazo, una bofetada, un grito; todo a la vez. Tirar por la calle del medio. Mandarlo todo al carajo. Reír y llorar sin saber muy bien qué conviene más. No esperar nada. Sobretodo, ya no esperar nada.  Dejar de soñar. Y al fin,  paz.



lunes, 20 de mayo de 2013

Fantasmas y porcentajes.

Para huídas acústicas, pínchese AQUÍ. Gracias.
(Incluye evasión visual con cierta dosis de ansia, brisa y color.)





Hoy estoy de estreno, tengo un cabreo nuevo. Creo que nunca en mi vida me había enfadado por lo que me he enfadado este fin de semana: tengo doce  mensajes en el contestador de mi móvil, a cual más exagerado y exigente.

Me he llevado tal impresión al revisar el aparatito esta mañana, que ya después  no he podido encontrar la presencia de ánimo suficiente como para ponerme a escucharlos todos uno detrás de otro. Me agoto sólo de pensarlo.

¡Doce mensajes recibidos en un solo fin de semana!,  yo nunca he estado tan solicitada en mi vida. En general, me las arreglo para habitar mi existencia como un fantasmita educado, silencioso, respetuoso y gris, muy gris, gris de arriba  a abajo. Mi sábanas son grises, mis cadenas grises;  grises mis pensamientos, mis palabras, mis ausencias y mis encantos. Gris, sólo gris. Humo y espacio.

Bueno, o eso me creía yo hasta esta mañana, claro. Porque lo cierto es que, a partir de la tercera llamada ignorada a ritmo de jazz mediterráneo,  puse el móvil en silencio  y me dediqué a ignorarlo con mucho más empeño todavía -o sea, que además de gris, parece que también soy  un fantasma maleducado-.  Eso sí, hice la colada y la plancha ensayando unos nuevos pasos de baile recién inventados que no requieren desplazamientos ni  hacen crujir la madera del suelo en la cabeza de la vecina de abajo. 

Y es que  parece que el hecho de marcar un número de teléfono implica  que éste va a ser atendido inmediatamente o se devolverá la llamada a la mayor brevedad posible. Y la mayor brevedad posible ahora se mide en minutos, me temo.

Sin embargo, yo tiendo a considerar el móvil como una especie de teléfono fijo que por un casual llevo encima -y no siempre-, pero que suene no quiere decir necesariamente que yo atienda la llamada. Pues según, la verdad. 

Pero el resto del mundo parece considerar que el hecho de llamar  implica la obligación de responder para el receptor, particularmente desde que vivimos en el ciberespacio y en tiempo real. Y no, tampoco tengo internet en el móvil ni contesto mensajitos en el acto. Tal parece que una debiera estar permanentemente disponible para quien así lo desee, por cualquier motivo o sin ninguno,  y cuando se le venga en gana. 

Y mira que lo siento -es un decir-, pero yo este fin de  semana tenía la necesidad de estar un poquito conmigo misma; yo necesito intimidad personal y auto-mimitos para reponerme del esfuerzo que algunas relaciones sociales me suponen. 

Ahora, cuando una no contesta inmediatamente al teléfono, el llamante se siente con derecho a insistir e insistir e insistir. Y a preguntarse alarmado/a  porqué no atiendes, y sentirse “preocupado” y dejar mensajes dramáticos en el contestador. 

Lo de los mensajes dramáticos es bastante fastidioso. Yo no encuentro la manera de escucharlos sin que mi mente empiece a considerar diferentes modos de asesinato y tortura en vez de concentrarme en lo que estoy oyendo. Y eso tampoco ayuda, la verdad. En realidad sólo consigue que a mí me apetezca menos todavía seguir escuchando semejante sarta de despropósitos en directo. Debe ser cosa de fantasmas.

Y estoy siendo generosa, porque lo de “preocupado” es muy relativo. Realmente, no siempre es así. Es muy fácil comprobarlo, sólo hay que contestar diciendo cualquier cosa que gramaticalmente se parezca a una respuesta, y pasará por tal. Nadie presta demasiada atención por  mucha urgencia que le pongan a las llamadas;  casi nadie escucha.

En fin, he comprobado en numerosas ocasiones que puede una contestar tranquilamente con  algo así como “Hola Fulanita/ Menganito,  me siento fatal por haberte hecho pasar ese mal rato...Pero gracias por preocuparte. Sí, yo estoy bien, ¿Cómo estás tú, qué me querías contar?” y ya está, se acabó. Ni siquiera es necesario pasar por la ignominia de la auto-justificación o la mentira improvisada. 

El noventa y nueve por ciento de las personas ni siquiera notará que no has contestado nada en absoluto, porque realmente no están escuchando y es posible que además les importe un rábano la respuesta. En realidad, ahora que lo pienso, ese tipo de respuestas vale para casi todo.

Y es que a mí, qué le vamos a hacer, ese noventa y nueve por ciento  me agota, por eso no le cojo el teléfono cuando no me siento con fuerzas. Porque yo sí que escucho.  

Al otro uno por ciento es que le aprecio. Quizás debiera decírselo ahora mismo, quien sabe, puede que hasta  llame…tengo el número de móvil!!!



lunes, 13 de mayo de 2013

Me desperté y ya era Primavera.






Imagen, Michael Cheval



Me desperté y ya era Primavera. 

Faldas de colores brotan en el asfalto, la fruta reluce en las bandejas de  los puestos ambulantes. En el mercado, me sonríen al cobrarme. Ya no se oye la bruma, sino risas. La prisa con risas tiene cierto aire a juego infantil.

La  ropa hoy no se seca en la lavandería, revolotea en los tendales y esparce olores de suavizante y jabón tibio. En este país tienen un gusto diferente: orquídea, chocolate e Ilang Ilang están de  lo más solicitado, según la oferta del super de la esquina.  

Es festivo, y todos los vecinos de mi barrio estamos en el Parque. De momento he visto al chico guapo de la biblio, descalzo y sin camiseta, dormitando bajo un árbol y un poquito más arriba a la señora que siempre se cuela. En el cementerio crecen rosas.

Vale, primera vuelta, con calma.  Agiles los corredores  dejan ver sus piernas torneadas. Me adelantan. No, cruza antes de llegar a la  esquina que por allí parece que reparten folletos de algo, ¡qué lata!.

Avanzo entre terrazas con olor a helados, y café y cupcakes. Yo hago trampa y solo corro rápido en las cuestas abajo.  Olor a genjibre y curry al cruzar por entre unos patios traseros. ¿De dónde diablos será ese idioma?

Música, músicas del mundo; como las palabras, en absurda algarabía.  Pero los adolescentes son los mismos. Me gusta ese grupo de chicas. ¿14, 16 tal vez? Más risas.  Y como todas las chicas del mundo hacen un montón de ruido y se visten de mil colores, llenas de objetos relucientes y brillitos imposibles: turquesas, amarillos, azul celeste, rosa, verde “perico”…¿Pero por qué yo nunca tengo ese aspecto? ...Me recuerdan a  las frutas del mercado.

Y la pereza, que se derrama desde dentro de cada ventana hacia la calle. Prueba  este pastel de coco, es para ti… si te gustan puedes comprar mas en la tienda que acaba de abrir un poco más arriba.

No, yo hoy no me meto en casa. Té.  Caricias. Niños. Globos. Cierra los ojos, el viento despeina. Piel erizada. No. Sí. No me quedaré quieta. Perfume. Brisa.  Ya.

Ya es primavera. Y tengo ganas de Tango.

Londres, 5 de Mayo de 2013.

domingo, 12 de mayo de 2013

Yo.

Libertango,

      
     Imagen, "No Turning Back". Por Andrea Kowch


Y ahora vivo en un idioma en el que "yo" se escribe siempre con mayúscula. "Yo" se piensa siempre con mayúscula. 

Yo.