lunes, 9 de abril de 2012

Nací en Álamo

Por Yasmin Levy
Para escuchar, pinchad AQUÍ.



Imagen: Igor Kozvlosky y/o Marina Sharapova,
no me ha quedado claro.

Se me desdibujó  el mundo, se me borró el paisaje.  Ya empecé a notar los primero síntomas allá por el mes de Diciembre, pero pensé que se debía al frío. Que ahora parece que  no se acuerda nadie, pero aquí nos hemos pasado un par de semanas  como postalitas de Navidad.
 Al principio, sentí que se me adormecían las manos y los pies; y en un esfuerzo racionalizador encomiable por mi parte, pensé que se trataba de problemas de circulación y vida sedentaria. Pero luego fue cuando pasó  lo de los contornos del mundo, que empezaron a difuminarse. Me quedé sin paisaje, sin horizonte, sin lugar de procedencia ni destino.  Eso desconcierta un tanto. De pronto ya no hay camino, sin puntos que lo delimiten, ni viaje posible.  El paisaje  se diluye en medio de verdes y grises y azules hasta conformar una masa informe y profunda.
 
 
 Y la gente, que me seguía hablando en Inglés. Sin imágenes nítidas y sin mensajes completos, la confusión era total. Mi cerebro tenía que hacer esfuerzos extras para interpretar la realidad con un ratio de aciertos suficiente como para seguir sobreviviendo. Debió ser por eso, por el esfuerzo extra en esa parte de mi cuerpo, que empecé a perder pelo también.

 Lo del pelo ya me fastidió más, más incluso que lo del horizonte inexistente. Yo por los horizontes no puedo hacer nada, que quieren que les diga; pero quería tratar de salvar lo que me quedaba de cabello. Así que me compré un montón de productos específicos (el primer mes gasté mas en productos para el pelo que en la comida de una semana) , surtido de remedios  varios, en fin, todo esto y algunas otras cosillas que me fuí encontrado por la red. Porque eso sí, el mundo real se me estaría desintegrando, pero la red estaba cada día más viva, contribuyendo más si cabe a aumentar la confusión y destrozar límites.
Y allí estaba, leyendo las instrucciones de una mascarilla para el pelo,  en la ducha, la primera vez que desapareció del todo el mundo. Fue sólo un instante, como un temblor de luz. No quise prestar demasiada atención,  llegaba tarde a trabajar.

 Pero aunque yo no quisiera recordarlo, la sensación empezó a propagarse lentamente desde mis manos y mis pies, sustituyendo a los calambres iniciales; subiendo de a poquito, cada día unos centímetros, cada día un instante más. A medida que avanzaban los días, los propios días se hacían más largos, respirar era cada vez más trabajoso. Me costaba caminar, levantarme, acostarme, hablar, sonreír, refunfuñar y hasta dormir. No sé cuanto pasé atravesando los días como desiertos, porque también se me estropeó el reloj;  y de todos modos empecé a liarme  con el tiempo y además nunca he sabido leer bien los mapas.

 Y en un momento, ya no pude más. Todo se paró. Se paró el mundo a mi alrededor, se me paró mi mundo dentro de mí. Algo hizo click en mi cerebro, caí al suelo y no acerté a entender las últimas palabras que oí, porque fueron pronunciadas en un puñetero acento ininteligible del Norte de Inglaterra. De al fondo a la Derecha, según se mira el mapa.
 
 
 Así es como lo recuerdo yo. Pero el médico sólo dijo “Anemia”; sin acento.